Amalia
Amalia Maza hizo una profunda reverencia y salió, mientras que Rosas volvió a sus paseos.
Al cabo de cinco minutos se paró y dijo:
—Vaya no más, Corvalán.
El edecán se disponía a salir.
—¡Ah! Lléguese a lo de María Josefa y dígale que haga lo que quiera. Que sin son unitarios no le importe de nada.
—Muy bien, Excelentísimo señor.
—Mire, véase a Mariño y dígale…
La voz de Rosas y la atención de todos fue suspendida por la detonación de dos descargas sucesivas.
Yera y su hijo, Álvarez y Vélez, acababan de caer asesinados por el plomo de Rosas; como diez minutos antes había caído Calviño bajo el bárbaro cuchillo federal.
—Dígale, pues, a Mariño —continuó Rosas con la mas inaudita tranquilidad— todo lo que hay por aquí; dígale también que parece unitario, porque están muy flojos sus artículos.
Esto decía Rosas en los momentos en que La Gaceta Mercantil chorreaba sangre, azuzando a lo lebreles de la Federación al exterminio de todos los unitarios.