Amalia
Amalia Y Corvalán, así cargado de comisiones, cada una envolviendo una muerte o una desgracia, montó a caballo con menos seguridad que la con que su nombre tenía de pasar tristísimamente a la posteridad, sino como un actor de crímenes, porque, en efecto, no lo fue el general Corvalán, a lo menos como un modelo de sumisión y de obediencia pasiva al tirano a quien sirvió por tantos años.
Pero no bien su caballo había dado algunos pasos, cuando el cebador de mate lo alcanzó y llamó al edecán de parte de Rosas.
El viejecito se desmontó con trabajo, y tropezando con su espadín y las charreteras bailándole, volvió a la presencia de Rosas, mientras que el soldado iba a buscar un vaso de agua que había pedido el dictador.