La Edad de oro
La Edad de oro —¡Paff! —dijo el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo: ¿cómo te va a ti, hechicero?
—¿A mí? —dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran saco de cuero.
—Ahora te toca a ti —dijo al gigante;—haz lo que yo hago.
—Muchas gracias —dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir las piedras.
Besó el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó en el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas de oro, y salió andando por el camino del palacio.