El Capital
El Capital Una de nuestras preocupaciones constantes ha sido la de leer críticamente la obra, esto es, la de tratar de presentar los escritos de Marx y Engels con ese mismo espíritu crítico con que ellos analizaban a otros autores (véase, entre muchísimos ejemplos posibles, aquí, vol. 7, p. 780: «si leemos críticamente sus obras», etc.). Engels comparó alguna vez que otra El Capital con la Biblia. Un desacierto, sin duda: el propio Marx había reprochado a Proudhon, en el pórtico mismo de Miseria de la filosofía, el que éste presentara su obra no «simplemente como un tratado de economía, un libro ordinario», sino como «una Biblia» (Karl Marx, op. cit., en Œuvres, t. I, París, 1963, p. 8). Pero es un yerro que encierra mefistofélicamente una sugerencia valiosa: la de leer El capital, mutatis mutandis, tal como leemos la Biblia o cualquier otro documento histórico, esto es, de manera crítica. Cuando en el evangelio atribuido a Lucas, por poner un ejemplo, encontramos una profecía excesivamente precisa acerca de la destrucción del templo de Jerusalén, podemos optar entre la actitud crédula, acrítica, de un testigo de Jehová o la de concluir que la supuesta predicción es una prueba de que ese evangelio ha sido escrito, al menos en parte, después de la toma de aquella ciudad por Tito; si tropezamos en el tomo III de El capital, entonces, con una referencia a la producción industrial de la alizarina sintética (que no comenzó antes de 1871) o, caso más claro aun, con una mención a la muerte del economista [1156] Henry Fawcett, ocurrida año y medio después de la de Marx ¿por qué habríamos de seguir creyendo, con Engels, que el manuscrito principal de dicho tomo se compuso en 1864-1865 y que él mismo se limitó a inmiscuirse en la redacción «sólo cuando era absolutamente inevitable» y, aun en ese caso, sin «dejar en el lector duda alguna acerca de quién [Marx o el propio Engels] se estaba dirigiendo a él»? En varias nuestras tras notas, por ello, se contribuye a establecer de manera más precisa las fechas de redacción de los manuscritos del libro III y, paralelamente, a determinar la autoría de ciertos pasajes, En más de un caso no hemos podido pasar de las conjeturas, pero aunque un análisis posterior de los manuscritos revelara que algunas de éstas no eran correctas, entendemos que el simple hecho de formularlas contribuirá a un conocimiento más afinado del texto. Un ejemplo: si es Marx y no Engels quien en las páginas 528 y 694 (de nuestra edición) se refiere a la bancarrota de Overend, Gurnev & Co. acaecida en mayo de 1866, habremos de corregir ligeramente las fechas dadas por Engels para la redacción del manuscrito principal; si no se trata de alusiones a esa bancarrota, sino a una quiebra anterior de la misma firma, será necesario establecer a cuál; si por último, nos hallamos efectivamente ante interpolaciones de Engels, hipótesis que nos parece la más probable, quedará establecida más claramente la posibilidad de que también en otros pasajes el coautor de La Sagrada Familia y La ideología alemana haya presentado sus propios comentarios y reflexiones como si fueran de Marx. Apuntemos aquí que sería fácil, y en cierta medida justo, reprobar determinados criterios de Engels como editor de los tomos II y. III de El capital. Pero es importante comprender que sus criterios no podrían ser los nuestros: aparte las necesidades militantes a las que aludíamos en nuestra advertencia al segundo tomo de la presente edición, es evidente que pocas personas podían resistir menos que Engels a la tentación de enmendar o modificar, al editarlos, manuscritos de Marx. Ligado a éste por casi cuarenta años de militancia común y por un contacto coloquial o epistolar frecuente e intenso, coautor con él de importantes trabaos, redactor principal (o único, en algunos casos) de obras y artículos —como Revolución y contrarrevolución Alemania— que Marx y él, de común acuerdo, habían presentado ante la dirección y lectores de The New-York Daily Tribune (e incluso ante sus íntimos) como debidos únicamente a la pluma de Marx, Engels era, en cierto sentido, un editor [1157] insuperable de borradores de Marx: difícilmente alguien hubiera podido, mejor que él, interpretar el sentido exacto de más de un pasaje oscuro de su amigo o deducir de algunos apuntes sueltos (escritos, además, en la letra endemoniada y el anglogermanofrancogrecolatino, etcétera característicos de Marx) lo que éste proyectaba decir acerca de tal o cual punto. Pero, al propio tiempo, difícilmente podría exigírsele ese respeto extremo, riguroso, por los textos de Marx, esa objetividad que debe tener, a modo de ejemplo, un editor moderno de obras de Aristóteles: es natural que tendiera a hacer con las páginas de Marx muerto, más o menos lo mismo que habría hecho con ellas si su amigo viviera aún, o lo que Marx hacía con los trabajos del mismo Engels, esto es, tratarlos (casi) como propios. Por explicable, con todo, que sea la actitud de Engels como editor de los tomos II y II de El capital o de las Tesis sobre Feuerbach, nos parece claro que no debe ser la nuestra; de ahí que, en todos los casos en que nos ha sido posible, hayamos aportado elementos que determinen o contribuyan a determinar, ante un pasaje concreto, si estamos ante líneas escritas por Marx a mediados del decenio de 1860 o por Engels casi treinta años después.