La Comuna de Paris
La Comuna de Paris Vino la Revolución de febrero. Pero, en vez de desplazar al ministro Guizot para poner en su lugar un ministro Thiers, como este hombrecillo había soñado, la revolución sustituyó a Luis Felipe por la República. Durante los primeros días del triunfo popular, se mantuvo cuidadosamente oculto, sin darse cuenta de que el desprecio de los obreros le resguardaba de su odio. Sin embargo, con su proverbial valor, permaneció alejado de la escena pública, hasta que las matanzas de junio[10] le dejaron el camino expedito para su peculiar actuación. Entonces, Thiers se convirtió en la mente inspiradora del «partido del orden» y de su república parlamentaria, ese interregno anónimo en que todas las facciones rivales de la clase dominante conspiraban juntas para aplastar al pueblo y las unas contra las otras en el empeño de restaurar cada cual su propia monarquía. Entonces, como ahora, Thiers denunció a los republicanos como el único obstáculo para la consolidación de la República; entonces, como ahora, habló a la República como el verdugo a don Carlos: «Tengo que asesinarte, pero es por tu bien». Ahora, como entonces, tendrá que exclamar al día siguiente de su triunfo: «L’Empire est fait», el Imperio está hecho. Pese a sus prédicas hipócritas sobre las libertades necesarias y a su rencor personal contra Luis Bonaparte, que se sirvió de él como instrumento, dando una patada al Parlamento (fuera de cuya atmósfera artificial nuestro hombrecillo queda, como él sabe muy bien, reducido a la nada), encontramos su mano en todas las infamias del Segundo Imperio: desde la ocupación de Roma por las tropas francesas hasta la guerra con Prusia, que él atizó arremetiendo ferozmente contra la unidad alemana, no por considerarla como un disfraz del despotismo prusiano, sino como una usurpación contra el derecho conferido a Francia de mantener desunida a Alemania. Aficionado a blandir a la faz de Europa, con sus brazos enanos, la espada del primer Napoleón, cuyo limpiabotas histórico era su política exterior, que culminó siempre con las mayores humillaciones de Francia, desde el tratado de Londres de 1841, hasta la capitulación de París en 1871 y la actual guerra civil, en la que lanza contra la capital, con permiso especial de Bismarck, a los prisioneros de Sedán y Metz. A pesar de la versatilidad de su talento y de la variabilidad de sus propósitos, este hombre ha estado toda su vida encadenado a la rutina más fósil. Se comprende que las corrientes subterráneas más profundas de la sociedad moderna permanecieran siempre ignoradas para él; pero hasta los cambios más palpables operados en su superficie repugnaban a aquel cerebro, cuya energía había ido a concentrarse en la lengua. Por eso, no se cansó nunca de denunciar como un sacrilegio toda desviación del viejo sistema proteccionista francés. Siendo ministro de Luis Felipe, se mofaba de los ferrocarriles como de una loca quimera; y desde la oposición, bajo Luis Bonaparte, estigmatizaba como una profanación todo intento de reformar el podrido sistema militar de Francia. Jamás, en su larga carrera política, tuvo que acusarse de la más insignificante medida de carácter práctico. Thiers sólo era consecuente en su codicia de riqueza y en su odio contra los hombres que la producen. Cogió su primera cartera, bajo Luis Felipe, más pobre que una rata y la dejó siendo millonario. Su último ministerio, bajo el mismo rey (el de 1 de marzo de 1840), le acarreó en la Cámara de los Diputados una acusación pública de malversación, a la cual se limitó a replicar con lágrimas, mercancía que maneja con tanta prodigalidad como Julio Favre u otro cocodrilo cualquiera. En Burdeos, su primera medida para salvar a Francia de la catástrofe financiera que la amenazaba fue asignarse a sí mismo un sueldo de tres millones al año, primera y última palabra de aquella «república ahorrativa», cuyas perspectivas había pintado a sus electores de París en 1869. M. Beslay, uno de sus antiguos colegas del Parlamento de 1830, que, a pesar de ser un capitalista, fue un miembro abnegado de la Comuna de París, dijo finalmente a Thiers en un cartel mural: «La esclavización del trabajo por el capital ha sido siempre la piedra angular de su política y, desde el día en que vio la República del Trabajo instalada en el Hôtel de Ville, no ha cesado un momento de gritar a Francia: ¡ésos son unos criminales!». Maestro en pequeñas granujadas gubernamentales, virtuoso del perjurio y de la traición, ducho en todas esas mezquinas estratagemas, maniobras arteras y bajas perfidias de la guerra parlamentaria de partidos; siempre sin escrúpulos para atizar una revolución cuando no está en el poder, y para ahogarla en sangre cuando empuña el timón del Gobierno; lleno de prejuicios de clase en lugar de ideas y de vanidad en lugar de corazón; con una vida privada tan infame como odiosa en su vida pública, incluso hoy, en que representa el papel de un Sila francés, no puedo por menos de subrayar lo abominable de sus actos con lo ridículo de su jactancia.