La ideologia alemana

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San Bruno afirma, pues, en un largo discurso sobre el poder y el deber que sus adversarios comunistas no le han comprendido bien. Y el modo como vuelve a pintar la crítica en este discurso y como convierte las potencias anteriores que sojuzgaban «la vida de la humanidad» en potencias «transcendentes» y estas potencias transcendentes en «espíritu del espíritu» y cómo hacer pasar «la crítica» por la única rama de producción, demuestra al mismo tiempo que la supuesta mala interpretación no es otra cosa que una interpretación desgraciada. Al demostrar que la crítica baueriana está por debajo de toda crítica, nos hemos convertido necesariamente en dogmáticos. Más aún, nos echa en cara con toda seriedad la desvergonzada falta de fe en sus frases manidas y tradicionales. Toda la mitología de los conceptos sustantivos e independientes, a la cabeza de la cual figura la autoconciencia, el Zeus, pastor de las nubes, desfila de nuevo aquí, con «el sonido de cascabeles de las frases de toda una música de jenízaros en forma de categorías» (Literatur-Zeitung[51], cfr., La Sagrada Familia, p. 234). Abre la marcha, naturalmente, el mito de la cosmogonía, es decir, el mito del amargo «trabajo» del crítico, «lo único creador y productivo, un constante luchar y vencer, un continuo destruir y crear», un «trabajar» y «haber trabajado». El venerable padre reprocha, incluso, a La Sagrada Familia el haber interpretado «la crítica» tal como él mismo la interpreta en su presente réplica. Después de haber rechazado y arrojado a la «sustancia» «a su tierra natal, la autoconciencia, y a los hombres criticantes y» (desde La Sagrada Familia) «criticados» (la autoconciencia parece ocupar aquí el lugar de un trastero ideológico), prosigue: «Ella» (es decir, la supuesta filosofía feuerbachiana) «no puede saber que la crítica y los críticos, desde que existen» (!), «han dirigido y hecho la historia y que hasta sus adversarios y todos los movimientos y reacciones del presente son criaturas suyas, que son ellos y solamente ellos quienes tienen el poder en sus manos, por tener la fuerza en su conciencia y por extraer el poder de sí mismos, de sus hechos, de la crítica, de sus adversarios, de sus criaturas; que solo con el acto de la crítica adquiere su libertad el hombre, y con él los hombres, con lo cual se crea» (!) «el hombre y, por tanto, los hombres».


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