La ideologia alemana
La ideologia alemana La negricidad se concibe como «el niño» porque Hegel, en la Filosofía de la Historia, p. 89, dice: «África es el país infantil de la historia». «Para determinar el espíritu africano» (negro), «tenemos que renunciar totalmente a la categoría de lo general», p. 90; es decir, el niño o el negro posee ya, ciertamente, pensamientos, pero no posee aún el pensamiento. «En los negros, la conciencia no ha llegado aún a una objetividad plasmada como, por ejemplo, dios o la ley, en que el hombre tiene la intuición de su esencia […] en la que se echa totalmente de menos el conocimiento de una esencia absoluta. El negro representa al hombre natural totalmente indomeñado», p. 90. «Aunque tengan necesariamente que darse cuenta de que dependen de lo natural» (de las cosas, como dice Stirner), «esto no conduce a la conciencia de un algo superior», p. 91. Volvemos a encontrarnos aquí todas las determinaciones stirnerianas del niño y del negro: supeditación a las cosas, independencia de los pensamientos, en especial «del pensamiento», «de la esencia», «de la esencia absoluta» (sagrada), etc. Los mongoles y especialmente los chinos aparecen ya en Hegel como el comienzo de la historia, y como también para él la historia es una historia de espíritus (aunque no tan infantilmente como para Stirner), ello quiere decir que los mongoles han traído el espíritu a la historia y son los primeros representantes de todo lo «sagrado». En la p. 110, Hegel concibe especialmente «el reino mongol» (del Dalai Lama) como el reino «espiritual», como «el reino del poder teocrático», como un «reino espiritual, religioso», frente al reino chino secular. Como es natural, Stirner tenía que identificar a China con los mongoles. En la p. 140, nos encontramos en Hegel incluso con «el principio mongol», que Stirner convierte luego en el «mongolismo». Por lo demás, cuando luego se empeña en reducir a los mongoles a la categoría «el idealismo», habría podido «encontrar plasmadas» en la economía del Dalai Lama y en el budismo muy otras «esencias espirituales» que su endeble «escala del cielo». Pero no tuvo tiempo siquiera para fijarse debidamente en la filosofía hegeliana de la historia. La peculiaridad y la unicidad de la actitud stirneriana ante la historia consisten, sencillamente, en que el egoísta se convierte en un desmañado copista de Hegel.