La ideologia alemana

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«Los obreros tienen en sus manos el poder más formidable: les basta con paralizar el trabajo y considerar y disfrutar lo elaborado como suyo. Tal es el sentido de los disturbios obreros que se producen de vez en cuando», p. 153. Los disturbios obreros, que ya bajo el emperador bizantino Zenón dieron origen a una ley (Zenón, de novis operibus constitutio[104]), que en el siglo XIV, con la Jacquerie y la sublevación de Wat Tyler, en 1518 «produjeron» en Londres el evil may-day[105] y en 1549 la gran rebelión del curtidor Kett; que luego ocasionaron los Acts 2 y 3 Eduardo VI, 15, y una serie de actos parlamentarios; que poco después, en 1640 y 1659 (ocho sublevaciones en un solo año), ocurrieron en París y que ya desde el siglo XVI, a juzgar por la correspondiente legislación, debieron de ser frecuentes en Francia e Inglaterra; la continua guerra que, desde 1770 en Inglaterra y desde la revolución en Francia, mantienen los obreros contra los burgueses con las armas de la violencia y la astucia: todo esto solo existe, para san Max, «de vez en cuando», en Silesia, en Posen, en Magdeburgo y en Berlín, «según anuncian los periódicos alemanes». A la manera como se lo imagina Jacques le bonhomme, lo elaborado seguiría existiendo y reproduciéndose siempre, como objeto de «consideración» y «disfrute», aunque los productores «paralizaran el trabajo». Como hace arriba con el dinero, nuestro buen ciudadano vuelve a convertir aquí a «los obreros», desperdigados por todo el mundo civilizado, en una sociedad cerrada, que no tiene más que tomar un acuerdo, para verse libre de todas las dificultades. San Max ignora, naturalmente, que solamente desde 1830 se han hecho en Inglaterra 50 intentos, por lo menos, y que en los momentos actuales todavía se hace otro, para agrupar a todos los obreros, solamente de Inglaterra, en una sola asociación y que razones altamente empíricas han hecho fracasar todos estos proyectos. Ignora que incluso una minoría de los obreros, unidos para paralizar el trabajo, se ve muy pronto obligada a actuar revolucionariamente, hecho que habría podido comprobar en la insurrección inglesa de 1842 y, ya antes, en la insurrección gala de 1839, en cuyo año la excitación revolucionaria entre los obreros cobró por primera vez extensa expresión en el «mes sagrado», que se proclamó simultáneamente con el armamento general del pueblo. Por donde puede verse, una vez más, cómo san Max trata por doquier de hacer pasar sus absurdos por «el sentido» de los hechos históricos, sin conseguirlo más que con respecto a su «se»; hechos históricos «en los que desliza por debajo de cuerda su sentido y que, con ello, se convierten necesariamente en un absurdo» (Wigand, p. 194). Por lo demás, a ningún proletario se le pasa por las mientes ir a aconsejarse con san Max acerca del «sentido» de los movimientos proletarios o de lo que es necesario hacer ahora en contra de la burguesía.


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