La Sagrada Familia
La Sagrada Familia El señor Szeliga no sabe que Eugène Sue, por cortesía hacia los burgueses franceses, comete un anacronismo cuando, recordando las palabras de los burgueses de tiempos de Luis XIV: ¡Ah, si el rey lo supiese!, las transforma en: ¡Ah, si el rico lo supiese!, y las pone en boca del obrero Morel del tiempo de la Carta Verdad. En Inglaterra y Francia, al menos, esta ingenua situación entre ricos y pobres no existe más. Los representantes científicos de la riqueza, los economistas, han propagado en estos dos países una comprensión muy detallada de la miseria física y moral de la pobreza. En cambio, han probado que hay que admitir esta miseria, porque no se puede cambiar el estado de cosas actual. Y, en su diligencia, hasta han calculado en qué proporción la pobreza debe diezmar a los suyos, en su propio interés y en interés de la riqueza.
Cuando Eugène Sue describe los cabarets, las guaridas de contrabandistas y el argot de los criminales, el señor Szeliga descubre el «misterio» de que el autor no se propone esta pintura, sino que quiere «informarse sobre el misterio de los móviles que empujan al mal, etc.». «En los lugares donde la circulación es muy activa…, los criminales se sienten precisamente en su ambiente».