La Sagrada Familia

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Mientras el notariado de París veía en Jacobo Ferrand una amarga pasquinada contra él y obtenía de la censura teatral que el tal personaje no figurara en Los misterios de París escenificados, la crítica crítica, en el mismo instante en que «parte a combatir contra el dominio abstracto de las ideas», ve en el notario parisino no un notario parisino, sino a la religión y la moral, a la honestidad y a la devoción. El proceso del notario Lehon debía haberla instruido. La posición que el notario ocupa en el proceso de Eugène Sue corresponde exactamente a su situación oficial. «Los notarios son en lo temporal lo que en lo espiritual son los curas» (Monteil, Historia de los franceses de los diversos estados, IX, p. 39). El notario es el confesor laico. Es un puritano sin profesión. Mas Shakespeare nos dice que «la honestidad no es puritana». Es al mismo tiempo mediador para no importa qué y es él quien dirige las intrigas y las cábalas burguesas.

Con el notario Ferrand, cuyo misterio consiste enteramente en la hipocresía y el notariado, no hemos avanzado un paso, nos parece. ¡Pero escuchemos lo que sigue!




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