La Sagrada Familia

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Una vez que el hombre ha sido reconocido como la esencia, como la base de toda actividad humana y de toda relación humana, únicamente la crítica puede inventar todavía nuevas categorías y retransformar, así como lo hace precisamente, al hombre en una categoría y hasta en el principio de toda una serie de categorías, recurriendo de esta manera a la única escapatoria que le queda aún a la «inhumanidad» teológica, acosada y perseguida. ¡La historia no hace nada, «no posee una riqueza inmensa», «no libra combates»! Ante todo es el hombre, el hombre real y vivo quien hace todo eso y realiza combates; estemos seguros de que no es la historia la que se sirve del hombre como de un medio para realizar —como si ella fuera un personaje particular— sus propios fines; no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos. Por lo tanto, si la crítica aún tiene la audacia, después de las demostraciones geniales de Feuerbach, de volvernos a servir todas esas chocheces, pero bajo una forma nueva —y esto en el mismo momento en que ella afirma que esas chocheces son a lo sumo buenas para la masa (lo que tiene tanto menos derechos a hacer cuando nunca ha hecho nada para provocar la disgregación de la filosofía)—, este solo hecho basta para develar el misterio de la crítica, para mostrar tal cual es la ingenuidad crítica con que puede decirle al profesor Hinrichs, cuyo agotamiento le ha rendido ya, en otras circunstancias, un servicio tan grande: «El perjuicio recae en quienes no han sufrido evolución; en quienes, por lo tanto, no pueden cambiar aun cuando lo desearan y que a lo sumo lo podrían, cuando se trata del principio nuevo; ¡pero no!, son incapaces de utilizar todo el vocabulario nuevo, no pueden más que tomar de él algunos giros nuevos».


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