La Sagrada Familia
La Sagrada Familia La crÃtica fue obligada, pues, por las leyes demasiado rigurosas de la historia a cometer debilidades polÃticas; pero se querrá admitir, al mismo tiempo —suplica ella—, que está, si no realmente, al menos en sÃ, por encima de esas debilidades. En primer lugar, las ha superado «en el sentimiento», pues «siempre se sintió incómoda en esas reivindicaciones», en la polÃtica, y sus impresiones eran indefinibles. ¡Más aún! Se ponÃa en contradicción con sus verdaderos elementos. ¡Y he aquà ahora el colmo! ¡Esta contradicción no hallaba su solución en el curso del desarrollo, si no «la habÃa ya encontrado» en los verdaderos elementos de la crÃtica, que existen independientemente de esa contradicción! Esos elementos crÃticos pueden decir con el Dios de la Biblia: antes que Abraham fuera, nosotros éramos. Antes que el desarrollo produjese esta contradicción, ella se encontraba, antes de haber nacido, en el caos de nuestro seno, resuelta, muerta, en descomposición. Y puesto que la contradicción entre la crÃtica y sus verdaderos elementos «ya habÃa hallado su solución» en esos mismos verdaderos elementos, y que una contradicción resuelta ya no es una contradicción, la crÃtica —si tomamos la cosa a la letra— no se encontraba en contradicción con sus verdaderos elementos ni con ella misma, y el fin general de la autoapologÃa estaba alcanzado.