La Sagrada Familia
La Sagrada Familia En ciertos momentos, este corresponsal cree que «el señor Bruno y sus amigos no comprenden a la humanidad» y que son, en verdad, gentes ciegas. Pero inmediatamente rectifica: «Si, veo tan claro como el día que tenéis razón y que vuestras ideas son verdaderas; pero, perdonadme, tampoco el pueblo está equivocado… ¡Ah, sí! El pueblo tiene razón Vosotros tenéis razón, no puedo negarlo… En verdad, no sé con qué rima todo esto; vosotros me diréis… ¡Y bien!, quédate tranquilo. ¡Ay! No puedo estarlo… Sin esto, se terminaría por perder la cabeza… Acogeréis con benevolencia… Creedme, a fuerza de aprender, a veces le gira a uno extrañamente la cabeza». Y otro corresponsal escribe que «a veces pierde su presencia de ánimo». Como se ve, la gracia crítica trata de irrumpir en este corresponsal perteneciente a la masa. ¡Pobre diablo! Está zamarreado entre la masa pecadora y la crítica crítica. El conocimiento adquirido no arroja al catequizado de la crítica crítica en este estado de estupidez; lo hace la cuestión de la fe y de la conciencia, el Cristo crítico o el pueblo. Dios o el mundo, Bruno Bauer y sus amigos o la masa profana. Pero, de la misma manera que la extremada confusión del pecador precede a la irrupción de la gracia divina, el embrutecimiento total es el precursor de la gracia crítica. Y es cierto que cuando la gracia hace irrupción, el elegido no pierde su estupidez, pero pierde la conciencia de su estupidez.