Llamando a las puertas de la Revolucion

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Aunque no sea posible luchar durante mucho tiempo y rara vez con satisfacción contra una naturaleza física adversa a la profesión abrazada, la idea de sacrificar al deber nuestro bienestar se hace sentir siempre con fuerza en cierta medida. Pero si elegimos una profesión sin poseer el talento necesario para ella, no podremos ejercerla dignamente y no tardaremos en reconocer, avergonzados, nuestra propia incapacidad y en considerarnos como un ser inútil en la creación, como un miembro de la sociedad condenado a no poder ejercer con fruto su profesión. Y la consecuencia más natural de ello será, entonces, el desprecio de uno mismo, el más doloroso y amargo de los sentimientos, frente al que nada vale todo lo que, como compensación, nos puede ofrecer el mundo exterior. Pues el desprecio de uno mismo es como el veneno de una serpiente que nos corroe constantemente el corazón, que corrompe día tras día nuestra sangre y destila en ella la ponzoña del odio a la humanidad y la desesperación.

Cuando nos engañamos acerca de nuestras dotes para el ejercicio de la profesión a la que nos entregamos cometemos un crimen que se venga de nosotros mismos y que, aunque no sea condenado por el mundo que nos rodea, provoca en nuestro pecho un dolor más penoso que la condena de los demás.


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