Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Se nos dice que el deseo del ser es el amor más antiguo; claro está que el más abstracto y, por tanto, el más antiguo de los amores es el amor hacia uno mismo, el amor por el ser particular de cada uno. Pero como esto era ya demasiado conceder, se retiró lo dicho, tratando de envolverlo en un brillo ennoblecedor mediante la apariencia de los sentimientos. Y asÃ, si alguien pierde a la esposa y a los hijos, prefiere creerlos en alguna parte, donde sea, por muy mal que les vaya, a saber que han dejado de existir. Si se tratase simplemente de amor, no cabe duda de que en ninguna parte podÃan guardarse con mayor pureza la esposa y los hijos de un individuo que en el corazón de éste, lo que les darÃa un ser mucho más alto que el de la existencia empÃrica. Pero las cosas son de otro modo. La esposa y los hijos sólo existen empÃricamente en cuanto existe empÃricamente el individuo mismo de que se trata. Por tanto, decir que prefiere creerlos viviendo dentro del espacio sensible, por muy mal que les vaya, a saber que no existen, sólo significa que el individuo quiere tener la conciencia de su propia existencia empÃrica. El manto del amor no es más que una sombra; el meollo del asunto es el yo empÃrico desnudo, el amor hacia sà mismo, el más antiguo de los amores, que no se ha rejuvenecido bajo ninguna forma más concreta ni más ideal. Suena más agradable, nos dice Plutarco, el nombre del cambio que el de la cesación total. Pero el cambio no debe ser cualitativo, debe permanecer el yo individual en su ser individual, y el nombre, por tanto, es simplemente la representación sensible de lo que es y debe significar todo lo contrario. Se trata, por tanto, de una ficción mentirosa. No se trata de hacer cambiar la cosa, sino de situarla en un lugar oscuro; el interponer una fantástica lejanÃa pretende ser el salto cualitativo, y toda diferencia cualitativa es un salto, y sin este salto ninguna idealidad debe encubrirlo.
