Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero se proponían como primer objetivo la reforma electoral, que había de ensanchar el círculo de los privilegiados políticos dentro de la misma clase poseedora y derribar la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. Pero cuando estalló el conflicto real y verdadero, el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional se mantuvo en actitud pasiva, el Ejército no opuso una resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció evidente por sí misma. Cada partido la interpretaba a su manera. Arrancada por el proletariado armas en mano, éste le imprimió su sello y la proclamó República Social. Con esto se indicaba el contenido general de la moderna revolución, el cual se hallaba en la contradicción más peregrina con todo lo que, por el momento, podía ponerse en práctica directamente, con el material disponible, el grado de desarrollo alcanzado por la masa y bajo las circunstancias y relaciones dadas. Por otra parte, las pretensiones de todos los demás elementos que habían cooperado a la Revolución de Febrero fueron reconocidas en la parte leonina que obtuvieron en el Gobierno. Por eso en ningún período nos encontramos con una mezcla más abigarrada de frases altisonantes e inseguridad y desamparo efectivos, de aspiraciones más entusiastas de innovación y de imperio más firme de la vieja rutina, de más aparente armonía de toda la sociedad y más profunda discordancia entre sus elementos. Mientras el proletariado de París todavía se deleitaba en la visión de la gran perspectiva que se había abierto ante él y se entregaba con toda seriedad a discusiones sobre los problemas sociales, las viejas fuerzas de la sociedad se habían agrupado, reunido, vuelto en sí y encontrado un apoyo inesperado en la masa de la nación, en los campesinos y los pequeñoburgueses, que se precipitaron todos de golpe a la escena política, después de que cayeran las barreras de la Monarquía de Julio.