Llamando a las puertas de la Revolucion

Llamando a las puertas de la Revolucion

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A la monarquía burguesa de Luis Felipe sólo puede sucederla la república burguesa; es decir, que si en nombre del rey había dominado una parte reducida de la burguesía, desde entonces dominaría la totalidad de la burguesía en nombre del pueblo. Las reivindicaciones del proletariado de París son paparruchas utópicas con las que hay que acabar. El proletariado de París contestó a esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente con la insurrección de junio, el acontecimiento más gigantesco en la historia de las guerras civiles europeas. Venció la república burguesa. A su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, la clase media, los pequeñoburgueses, el Ejército, el lumpemproletariado organizado como Guardia Móvil, los intelectuales, los curas y la población del campo. Al lado del proletariado de París no estaba más que él. Más de 3000 insurrectos fueron pasados a cuchillo después de la victoria y 15 000 deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Tan pronto como el movimiento parece adquirir nuevos bríos, intenta una y otra vez pasar nuevamente a primer plano, pero con un gasto cada vez más exiguo de fuerzas y con resultados cada vez más insignificantes. Tan pronto como una de las capas sociales superiores a él experimenta cierta efervescencia revolucionaria, el proletariado se enlaza con ella y así va compartiendo todas las derrotas que sufren los diversos partidos unos tras otros. Pero estos golpes sucesivos se atenúan cada vez más cuanto más se reparten por toda la superficie de la sociedad. Sus jefes más importantes en la Asamblea Nacional y en la prensa van cayendo unos tras otros, víctimas de los tribunales, y se ponen al frente de él figuras cada vez más equívocas. En parte, el proletariado se entrega a experimentos doctrinarios, bancos de cambio y asociaciones obreras, es decir, a un movimiento en el que renuncia a transformar el viejo mundo con ayuda de todos los grandes recursos propios de este mundo e intenta, por el contrario, conseguir su redención a espaldas de la sociedad por la vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, y por tanto, fracasa forzosamente. Parece que no puede descubrir de nuevo en sí mismo la grandeza revolucionaria, ni sacar nuevas energías de los nuevos vínculos que ha creado mientras todas las clases con las que ha luchado en junio no estén tendidas a su lado. Pero por lo menos sucumbe con los honores de una gran lucha de alcance histórico-universal; no sólo Francia sino Europa entera tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las sucesivas derrotas de las clases más altas se consiguen a un costo tan módico que sólo la insolente exageración del partido vencedor puede hacerlas pasar por acontecimientos y son tanto más ignominiosas cuanto más lejos queda del proletariado el partido que sucumbe.


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