Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion En cuanto al trabajador medio, ¿en qué grado se enfrenta a su patrón? Todos sabemos hasta qué punto se opusieron los patrones a la Ley de las diez horas. A pesar de la reciente revocación de los aranceles del grano, los tories contribuyeron a que saliera adelante para beneficio de la clase trabajadora. Eso sí, una vez aprobada dicha ley, los informes de los supervisores de distrito demuestran con qué vergonzosas astucias y trapacerías bajo mano se viene incumpliendo. Cuantos intentos ha hecho después el Parlamento para que la mano de obra trabaje en condiciones más humanas se han topado con la oposición de los representantes de la clase media, que siempre los reciben con la misma cantinela: «¡Comunismo!». El señor Cobden la ha gritado un buen puñado de veces. En los talleres y durante años, la meta de los patrones ha sido prolongar la jornada laboral más allá de lo que un ser humano puede soportar, y mediante el uso sin escrúpulos del régimen de contratos y enfrentando a unos hombres con otros, recortar los sueldos de los trabajadores cualificados y equipararlos a los de los no cualificados. Fue esta forma de actuar la que impulsó a la revuelta a los Técnicos Unidos, y las brutales expresiones que en esa época fueron moneda corriente entre los patrones demuestran cuán poca sensibilidad humana cabe esperar de ellos. Su grosera ignorancia se puso después de manifiesto cuando la patronal contrató a Sidney Smith, literato de tercera, para que asumiera su defensa en la prensa mediante la guerra de palabras contra los trabajadores insurgentes. El estilo de este escritor a sueldo encajaba a la perfección con la tarea que le habían encomendado, así que cuando la batalla hubo terminado, los patrones, que ya no necesitaban ni a la literatura ni a la prensa, dieron de baja a su mercenario. Aunque la clase media no aspira al saber de la vieja escuela, tampoco cultiva ni la ciencia moderna ni la literatura. El libro contable, la mesa de despacho y el negocio; tal educación basta. Cuando gastan mucho dinero en formarlas, sus hijas están superficialmente dotadas de ciertas «cualidades», pero con la verdadera formación del espíritu para llenarlas de conocimiento ni siquiera sueñan.