Llamando a las puertas de la Revolucion

Llamando a las puertas de la Revolucion

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Los señores parisienses tenían la cabeza llena de las frases más vacuas de Proudhon. Hablan constantemente de ciencia y no saben nada; desdeñan cualquier acción revolucionaria, id est, que brote de la propia lucha de clases, cualquier movimiento social general, o sea, realizable también por medios políticos (como por ejemplo, la reducción de la jornada laboral mediante una ley); con el pretexto de la libertad, el antigubernamentalismo o el individualismo antiautoritario, estos señores que desde hace dieciséis años han soportado y soportan con tanta tranquilidad el despotismo más miserable, predican en realidad el sistema burgués corriente, conformándose con idealizarlo a lo Proudhon. Proudhon ha hecho un daño enorme. Su seudocrítica y la seudooposición a los utopistas (él mismo no es otra cosa sino un utopista pequeñoburgués, mientras que en las utopías de un Fourier, de un Owen y otros, se siente el presentimiento y la expresión fantástica de un mundo nuevo) conquistaron primero, y sedujeron después, a la jeunesse brillante, a los estudiantes, y luego a los obreros, sobre todo a los de París, quienes, como trabajadores aristócratas, forman parte «totalmente», sin saberlo, de la vieja porquería burguesa. Ignorantes, vanidosos, palabreros, pretenciosos, imbuidos de retórica, estuvieron a punto de echarlo todo a perder, porque habían acudido al congreso en un número que no tenía proporción alguna con el de sus afiliados. En el report les daré un tirón de orejas.


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