Llamando a las puertas de la Revolucion
Llamando a las puertas de la Revolucion Al cabo de poco rato paramos delante de una casa, llamó el cochero y presentóseme un anciano que, encuadrado en el marco de la puerta, recibiendo de frente la luz de un reverbero, parecía la figura venerable de un patriarca producida por la inspiración de eminente artista. Acerqueme con timidez y respeto, anunciándome como delegado de la Federación Regional Española de La Internacional, y aquel hombre me estrechó entre sus brazos, me besó en la frente, me dirigió palabras afectuosas en español y me hizo entrar en su casa. Era Carlos Marx. Su familia ya se había recogido, y él mismo, con amabilidad exquisita, me sirvió un apetitoso refrigerio; al final tomamos té y hablamos extensamente de ideas revolucionarias, de la propaganda y de la organización mostrándose muy satisfecho de los trabajos realizados en España, juzgando por el resumen que le hice de la memoria de que era portador para presentarla a la Conferencia. Agotada la materia, o más bien deseando dar expansión a una inclinación especial, mi respetable interlocutor me habló de literatura española, que conocía detallada y profundamente, causándome asombro lo que dijo de nuestro teatro antiguo cuya historia, vicisitudes y progresos dominaba a la perfección. Calderón, Lope de Vega, Tirso y demás grandes maestros, no ya del teatro español sino del teatro europeo, según juicio suyo, fueron analizados en conciso y a mi parecer justísimo resumen. En presencia de aquel grande hombre, ante las manifestaciones de aquella inteligencia, me sentía anonadado y a pesar del inmenso gozo que experimentaba, hubiera preferido hallarme tranquilo en mi casa, donde si bien no me asaltarían sensaciones tan diversas, nada me reprocharía no hallarme en armonía con la situación ni con las personas. No obstante, haciendo un esfuerzo casi heroico para no dar triste idea de mi ignorancia, suscité el parangón que suele hacerse entre Shakespeare y Calderón y evoqué el recuerdo de Cervantes. De todo ello habló Marx como consumado inteligente, dedicando frases de admiración al ingenioso hidalgo manchego. He de advertir que la conversación fue sostenida en español, que Marx hablaba regularmente, con buena sintaxis, como sucede a muchos extranjeros ilustrados, aunque con una pronunciación defectuosa, debido en gran parte a la dureza de nuestras ‘cc’, ‘g’, ‘j’ y ‘rr’. A hora muy avanzada de la madrugada me acompañó a la habitación que me destinaba, donde me entregué, más que al descanso, a la contemplación de las infinitas imágenes que en revuelta confusión bullían en mi mente a consecuencia del giro tan extraordinario que en pocos días había emprendido el curso de mi vida. A la mañana siguiente fui presentado a las hijas de Marx y después a varios delegados y personajes que se presentaron, y me ocurrieron dos incidentes que relataré y que recuerdo con especial complacencia. La hija mayor, joven de hermosura ideal, incomprensible para mí por no tener semejanza con nada de cuanto respecto a hermosura femenina había visto hasta entonces, conocía el español, aunque como su padre pronunciaba mal, y me tomó por su cuenta para que le leyera algo por gusto de oír la pronunciación correcta; me llevó a la biblioteca, que era grande y atestada de volúmenes, y de un armario dedicado a la literatura española tomó dos libros, uno el Quijote, otro colección de dramas de Calderón; del primero leí el discurso de don Quijote a los cabreros, y del otro aquellas tiradas de versos grandilocuentes y sonoros de La vida es sueño, reconocidos como joyas del idioma español y concepciones sublimes del pensamiento humano. La explicación que intenté para hacer resaltar los primores de fondo y de forma resultó inútil, porque mi joven y hermosa interlocutora tenía ilustración y delicadeza sobrada para el caso, como lo demostró añadiendo a mi exposición muchas otras consideraciones oportunas y atinadas que jamás se me habían ocurrido. El segundo incidente consistió en que, habiendo manifestado el deseo de dirigir un telegrama a Valencia anunciando mi feliz llegada a Londres, en cumplimiento del encargo que se me hizo por el peligro que se suponía existía en Francia, me dieron como acompañante y guía a la hija menor de Marx. Esa facilidad en prestar para ese servicio a una señorita, tratándose de un extranjero desconocido, cosa tan contraria a las costumbres de la burguesía española, me admiró y agradó en extremo. Aquella joven, casi una niña, soberanamente hermosa, aunque con una hermosura más humana que la de su hermana, risueña y alegre como la personificación de la juventud y la felicidad positiva, no sabía aún el español, y aunque hablaba bien inglés y alemán como si fueran lenguas propias, estaba poco adelantada en el francés, idioma en el que sí podía yo entenderme, sin llegar a hacer maravillas; en resumen: nos comunicábamos en mal francés, y cada vez que una u otro decíamos un disparate, mi acompañante reía como una loca y yo ni más ni menos, con tanta espontaneidad y franqueza como si nos hubiéramos tratado fraternalmente toda la vida. La reunión preparatoria de la Conferencia debía celebrarse aquella noche, tras reunión previa del Consejo General, al que serían presentados los delegados. Marx me acompañó al local del Consejo. A la puerta, junto con algunos consejeros, se hallaba Bastélica, el francés que presidió la primera sesión del Congreso de Barcelona, quien me recibió con las mayores demostraciones de aprecio y alegría y me presentó a los compañeros, algunos de nombre ya conocido en la historia de la Internacional, entre los que recuerdo Eccarius, Jung, John Hales, Serrailler, Vaillant, emigrado de la Comuna de París, etcétera. Marx presentome a Engels, quien desde aquel momento se encargó de darme hospitalidad durante mi residencia en Londres. Ya en la sala de sesiones vi a los delegados belgas, entre ellos César de Paepe, algunos franceses, el suizo Henry Perret y el ruso Outine, figura siniestra y antipática que en la Conferencia no pareció tener otra misión que atizar el odio y envenenar las pasiones, siendo completamente ajeno al gran ideal que agitaba a nuestros representados, los trabajadores internacionales. De la semana empleada en aquella Conferencia guardo triste recuerdo. El efecto causado en mi ánimo fue desastroso: esperaba yo ver grandes pensadores, heroicos defensores del trabajador, entusiastas propagadores de las nuevas ideas, precursores de aquella sociedad transformada por la revolución en que se practicará la justicia y se disfrutará de la felicidad, y en su lugar hallé graves rencillas y tremendas enemistades entre los que debían estar unidos en una voluntad para alcanzar un mismo fin. Si mi fe hubiera necesitado estímulos para sostenerse y si no tuviera descontados los efectos divergentes y disolventes de la ambición, de la vanidad y de la envidia, la Conferencia de Londres, en vez de una confirmación de mis ideas y de mis esperanzas emancipadoras, habría sido una desastrosa desilusión. Por fortuna, pobre obrero, entonces como hoy después de treinta años, sin miras egoístas, amante entusiasta de aquella libertad, la única positiva y de extensión social que se apoya en la colectividad y hace desaparecer la clase de los oprimidos, tenía y tengo por cierto que las aspiraciones populares, seguras de su legitimidad, arraigan, se desarrollan, ganan espacio y consistencia y, por último, confirmadas por la ciencia y sancionadas por la revolución, dominarán contra todo lo que se les oponga, aunque entre los obstáculos se cuenten aquellos santones prestigiosos que las fomentaron un día y luego pusieron el prestigio adquirido al servicio de pasiones vergonzosas. Pocos trabajadores, o si se prefiere determinar bien el concepto, pocos éramos los asalariados asistentes a aquella asamblea, siendo los más burgueses (ciudadanos de la clase media, como lo define la Academia), y éstos llevaban allí la dirección y la voz, ya que aquella reunión no vino a ser otra cosa que una prolongación del Consejo General, una sanción de sus planes, robustecida por el voto atribuido a la Asociación por medio de sus delegados parodiando en esto al parlamentarismo político, y en todo ello no pude ver nada grande, nada salvador ni siquiera en armonía con el lenguaje empleado para la propaganda. Puede asegurarse que toda la sustancia de aquella Conferencia se redujo a afirmar el predominio de un hombre allí presente, Carlos Marx, contra el que se supuso pretendía ejercer otro, Miguel Bakunin, ausente. Para llevar adelante el propósito había un capítulo de cargos contra Bakunin y la Alianza de la Democracia Socialista, apoyado en documentos, declaraciones y hechos de cuya verdad y autenticidad no pudo convencerse nadie, sostenidos además con el testimonio de algún delegado presente como el ruso Outine, por ejemplo, y lo que es peor, con el silencio cobarde de algún aliancista presente, y lo que todavía es más malo, hasta con ciertas tímidas excusas; pero si todo esto, a pesar de ser repugnante por sí mismo, fue llevado en las sesiones de la Conferencia con cierta apariencia de regularidad, en el seno de las comisiones se manifestó el odio con toda su cruel desvergüenza. Asistí una noche en casa de Marx a una reunión encargada de dictaminar sobre el asunto de la Alianza y allí vi a aquel hombre descender del pedestal en que mi admiración y respeto lo habían colocado hasta el nivel más vulgar, y después varios de sus partidarios se rebajaron mucho más aún, ejerciendo la adulación como si fueran viles cortesanos delante de su señor. Lo único en carácter, lo genuinamente obrero, lo puramente emancipador tuve yo el alto honor de presentarlo a aquella Conferencia: la Memoria sobre organización formulada por la Conferencia de Valencia. Ante delegados de naciones tan industriales como Inglaterra, Alemania y Bélgica, avezadas, especialmente la primera, en las luchas económicas, causó gran efecto aquel engranaje de sociedades y federaciones de todos los oficios, de oficios similares y de oficio único, con sus comisiones de propaganda y correspondencia, sus estadísticas, sus congresos, sus caja de resistencia y toda aquella vida intelectual y de acción capaz, de ser bien practicada, de efectuar no sólo la revolución social en breve plazo, sino de organizar por su propio funcionamiento la sociedad futura. Trabajo perdido: el Consejo General y la mayoría de los delegados no estaban para eso: lo que les preocupaba, sobre todo, era la cuestión de la jefatura. Ya no era cuestión de sostener una fuerza revolucionaria y darle una organización y sostener una línea de conducta estrictamente encaminada a su objeto, sino de poner una gran reunión de hombres al servicio de un jefe. En mis sentimientos y en mis pensamientos me vi solo; juzgué, acaso por un rasgo de soberbia, que yo era el único internacional allí presente, y me sentí incapaz de hacer nada útil, y aunque algo dije como expresión de mi desilusión y de mi disgusto, me oyeron como quien oye llover y no produjo sensación ni efecto alguno. Únicamente en el resumen de los acuerdos de aquella Conferencia hay uno que dice: La Conferencia da gracias fraternalmente a los miembros de la Federación española por su trabajo sobre la organización internacional, que prueba una vez más su abnegación por la obra común. Terminada la Conferencia celebrose un lunch de despedida, en que abundaron las lamentaciones acerca de la persecución sanguinaria contra la Comuna, y en que algunos delegados hicieron el gasto de frases y profecías usados en tales actos, y yo mismo, instado por algunos que consideraban un español como fenómeno raro, tuve que intervenir en aquella exposición de lugares comunes, pero con desagrado, expresándome en español, dejando a Engels el cuidado de traducir mis palabras al inglés y al francés, que los circunstantes de cada idioma aplaudieron cuando les tocó el turno. ¡Ah!, me olvidaba de expresar esta circunstancia: los delegados y miembros del Consejo General ingleses sólo entendían el inglés, y un secretario destinado exclusivamente a este servicio traducía todos los discursos al inglés. Los delegados de las demás naciones todos hablábamos francés, y como algunos no entendíamos inglés, otro secretario traducía al francés los discursos de los ingleses. Volvime a España poseído de la idea de que el ideal estaba más lejos de lo que había creído, y de que muchos de sus propagandistas eran sus enemigos.
