Amorosa
Amorosa Entró -como quien tiene muy conocida la casa- y desplomándose, casi desmayada, en el diván del gabinete, rompió a llorar, con la cara entre las manos. Él, arrodillado junto a ella, procuraba suavemente descubrir y ver sus ojos, repitiendo:
-Irene, Irene mÃa, ¿por qué lloras? Te lo suplico. ¡Dime por qué lloras!
La mujer balbució entre sollozos:
-¡No puedo… vivir asÃ!
No la comprendÃa.
-¿Vivir as� ¿Cómo?
-No puedo vivir asÃ… en mi casa. No quise decÃrtelo nunca, pero es horrible… No puedo…, sufro demasiado… Me atormenta… ¡Me ha maltratado!…
-¿Tu marido?
-SÃ…
-¡Ah!…
Lo sorprendió, porque no imaginaba -¡cómo imaginarlo!- que fuera brutal con su querida el marido; un hombre de finos modales, que frecuentaba el casino, la sala de armas, paseos y escenarios; jinete y tirador; muy conocido y estimado en sociedad, correcto y cortés; hombre de pocos alcances y de limitados conocimientos, pero con la inteligencia indispensable para discurrir como todas las gentes de su mundo y respetar las preocupaciones y rutinas elegantes.
