Amorosa

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Parecía ocuparse de su mujer como debe hacerlo un hombre acaudalado y aristócrata: atendiendo a sus caprichos, a su salud, a sus trajes y dejándola perfectamente libre. Desde que Randal fue presentado a Irene y ella le recibió con agrado, tuvo derecho a las deferencias que todo marido culto sabe guardar a los contertulios de su mujer. Cuando Randal pasó de ser amigo a ser amante, las deferencias del esposo aumentaron, como es natural. Y como nada le hizo sospechar que hubiese tempestades íntimas en aquel matrimonio, le sorprendía mucho esta revelación inesperada.

-¡Te ha maltratado! No llores y dime cómo fue.

Irene contó una historia muy larga: sus desavenencias, al principio triviales, más hondas de día en día, la incompatibilidad de sus temperamentos. Empezaron las disputas, acabando en una separación completa; el marido se mostró suspicaz, violento. Más adelante, celoso, celoso de Randal; y acababa de maltratarla.

-… No vuelvo a mi casa, no. Dime lo que debo hacer.

Jacobo se había sentado muy cerca, y le cogió las manos.

-Piénsalo mucho, y no lo hagas ciegamente; que todas las culpas caigan sobre tu marido; tú salva tu posición de mujer irreprochable.

Mirándolo con inquietud, Irene le preguntó:

-¿Qué me aconsejas?


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