Confesiones de una mujer
Confesiones de una mujer Su cabellera de juncos permanecía inmóvil, ningún soplo la acariciaba; pero por el agua corrían movimientos apenas sensibles. A veces un punto se agitaba en la superficie, y de allí partían leves círculos, semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin.
Cuando llegamos a la choza donde debíamos emboscarnos, mi marido me dejó pasar delante, después armó lentamente su escopeta y el chasquido seco de las piezas me produjo un extraño efecto. Me sintió temblar y me preguntó:
-¿Es, acaso, que ya le basta a usted con esta prueba? Pues márchese.
Respondí, muy sorprendida:
-Nada de eso, no he venido para regresar. ¿Está usted de broma esta noche?
Murmuró:
-Como usted quiera.
Y permanecimos inmóviles.