Confesiones de una mujer
Confesiones de una mujer Al cabo de una media hora, como nada turbaba la pesada y clara tranquilidad de aquella noche de otoño, dije, en voz baja:
-¿Está usted seguro de que pasa por aquí?
Hervé tuvo una sacudida, como si lo hubiera mordido, y, con la boca pegada a mi oído:
-Estoy seguro, escuche.
Y volvió a reinar el silencio.
Creo que empezaba a amodorrarse cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante, cambiada, pronunció:
-¿No le ve usted, allá abajo, entre los árboles?
Por mucho que miraba, yo no distinguía nada. Y lentamente Hervé apuntó, mientras me miraba fijamente a los ojos. Yo misma estaba preparada para disparar, cuando de pronto, a treinta pasos de nosotros, apareció a plena luz un hombre que avanzaba a pasos rápidos, con el cuerpo inclinado, como si viniera huyendo.