Confesiones de una mujer
Confesiones de una mujer Después, como asaltada bruscamente por otra idea, se levantó y, arrojándose sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, besándolo en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando en ellos un hálito, y la profunda caricia de los amantes.
Mi marido, en pie, la miraba. Comprendió y, cayendo a mis pies:
-¡Oh! perdón, querida mÃa; sospeché de ti y he matado al amante de esta muchacha; mi guarda me ha engañado.
Yo, por mi parte, miraba los extraños besos de aquel muerto y aquella viviente; y los sollozos de ella, y sus sobresaltos de amor desesperado.
Y en ese momento comprendà que le serÃa infiel a mi marido.