La mancebia
La mancebia La Señora, procedente de una respetable familia de campesinos del departamento de L’Eure, había aceptado esta profesión con tanta tranquilidad como se hubiera hecho modista o costurera. El prejuicio contra la prostitución, violento y vivo en las ciudades, no existe verdaderamente en la campiña normanda. El labrador dice: —«Es un buen oficio», y envía a su hija a dirigir un harem de muchachas, como la enviaría a ponerse al frente de un colegio de señoritas.
Esta casa la había adquirido por herencia de un fío viejo que la poseía. El Señor y la Señora que eran antes de esto posaderos cerca del Ivetot, liquidaron inmediatamente su establecimiento, juzgando el nuevo negocio de Fécamp más ventajoso para ellos. Y una mañana se presentaron los dos para tomar la dirección de la mancebía, cuya buena marcha peligraba en ausencia de los amos.
Era una pareja respetable y tranquila, que se hizo amar inmediatamente por el personal y los vecinos.
El Seriar murió de una apoplejía dos años después. Como su nueva profesión le tenía en la molicie y la inmovilidad, engordó terriblemente hasta el punto de matarle el exceso de salud.
La Señora, al quedar viuda, era deseada por todos los parroquianos del establecimiento; pero era prudente en extremo y sus mismas pensionistas no pudieron descubrir en ella desliz alguno.
