Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Sin que sus labios pronunciaran la palabra, su pensamiento repetía el nombre de Marechal como si quisiera evocar su sombra. Y en la oscuridad de sus ojos cerrados lo vio tal como le había conocido. Era un hombre de sesenta años, con la barba blanca y puntiaguda y las cejas muy pobladas también blancas. No era ni alto ni bajo, tenía el aspecto afable, los ojos pardos y dulces, el ademán modesto, y parecía un hombre bueno, sencillo y cariñoso. Llamaba a Pedro y Juan «mis queridos hijos», nunca mostraba preferencias por ninguno y los convidaba con frecuencia a comer.

Y Pedro, con una tenacidad de perro que sigue una pista perdida, procuraba recordar las palabras, los gestos, las entonaciones, las miradas de aquel hombre desaparecido de la tierra. Poco a poco lo iba viendo por completo en su habitación de la calle Trouchet, cuando los sentaba a su mesa a su hermano y a él.

Le servían dos criadas, ya viejas, que hacía mucho tiempo, sin duda, habían adquirido la costumbre de decir: «El señorito Pedro» y «el señorito Juan».

Marechal tendía las manos a los dos jóvenes, al uno la derecha y al otro la izquierda, sin distinción ninguna.

—Buenos días, hijos míos —decía—. ¿Tenéis noticias de vuestros padres? A mí no me escribe nunca el señor Roland.


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