Pedro y Juan
Pedro y Juan Al acercarse al puerto oyó en alta mar un sonido lamentable y siniestro, semejante al mugido de un toro, pero más largo y más fuerte. Era la voz de una bocina, el grito de los barcos perdidos en la niebla.
Un estremecimiento recorrió sus miembros y crispó su corazón. Aquel grito de socorro repercutió en su alma y en sus nervios, como si lo hubiera dado él mismo. Otra voz semejante gimió a su vez un poco más lejos; y luego muy cerca, la bocina del puerto contestó con un sonido desgarrador.
Pedro, sin pensar en nada, se dirigió apresuradamente hacia el muelle, satisfecho de entraren aquellas tinieblas lúgubres y mugientes.
Sentado en una piedra cerró los ojos para no ver los focos eléctricos, velados por la bruma, que hacen accesible el puerto por la noche, ni la luz roja del faro del muelle del Sur que apenas se distinguía. Luego, volviéndose casi de espaldas, apoyó los codos en el granito y escondió la cara entre las manos.