Pedro y Juan
Pedro y Juan Y discurriendo solo durante la noche se proponía hacer, juntando sus recuerdos, una investigación minuciosa, de donde resultaría la verdad indudable. Luego todo habría concluido y no volvería a pensar más en el asunto.
«Veamos, pensaba; examinemos primero los hechos; luego recordaré todo lo que sé de él, de su trato con mi hermano y conmigo y de las causas que han podido motivar esta preferencia… Ha visto nacer a Juan… sí, pero a mí me conocía antes. Si hubiese amado a mi madre con un amor mudo y reservado, me hubiera preferido a mí, toda vez que mi fiebre escarlatina fue causa de su intimidad con mis padres. Lógicamente debía preferirme, a menos que viendo crecer a mi hermano hubiera experimentado por él una atracción, una predilección instintivas».
Entonces revolvió su memoria con una tensión desesperada de todo su pensamiento, de toda su fuerza intelectual, para reconstituir, rehacer, penetrar aquel hombre, que durante su estancia en París había tratado con indiferencia.
Creyendo que hasta el ligero movimiento de sus pasos turbaba sus ideas y distraía algún tanto su memoria, y deseando concentrar su pensamiento de manera que ni el menor accidente lo apartase de su trabajo, quiso permanecer inmóvil en un lugar ancho y desierto, y fue a sentarse en la punta del muelle como la noche pasada.