Pedro y Juan
Pedro y Juan Ya no tenía duda de que el viejo pensaba: «Usted no ha debido dejarle aceptar esa herencia que será causa de que se hable mal de su madre». Tal vez creía él mismo que Juan era hijo de Marechal. ¡Seguramente lo creía! ¿Cómo no lo había de creer si parecía verosímil, probable, evidente? Él mismo, que era su hijo, ¿no llevaba tres días luchando con todas las sutilezas de su corazón, para engañar su razón y desvanecer tan terrible sospecha?
Y de repente sintió la necesidad de estar solo para discutir consigo mismo, para examinar valerosamente, sin escrúpulos, sin debilidad, aquella posibilidad monstruosa. Y esta necesidad fue tan imperiosa que sin beber siquiera la copa de groselleta, dio la mano al farmacéutico estupefacto y salió a la calle preguntándose: «¿Por qué ha dejado Marechal toda su fortuna a Juan?».
Lo que le sugería esta pregunta no era ya la envidia un poco baja y natural que había combatido durante tres días, sino el terror de una cosa espantosa, el terror de creer él mismo que su hermano era hijo de aquel hombre.
No, no lo creía, no podía admitir esta suposición criminal, pero era indispensable que aquella sospecha, por ligera, por inverosímil que fuese, quedara desvanecida completamente y para siempre. Necesitaba la luz, la certidumbre, la seguridad absoluta en su corazón, porque su madre era lo único que amaba en el mundo.