Pedro y Juan

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Pedro, con las manos en los bolsillo, no queriendo andar por las calles con aquella frialdad que penetraba hasta los huesos, se fue a casa de Marowsko.

El farmacéutico dormía como siempre a la luz de su mechero de gas. Al sentir a Pedro, a quien quería con el cariño de un perro leal, sacudió su somnolencia, fue a buscar dos copas y sacó la groselleta.

—¿Qué hay? —preguntó Pedro— ¿cómo va este licor?

El polaco explicó que cuatro de los principales cafés de la ciudad consentían en lanzarlo a la circulación, y que el Faro de la costa y el Semáforo del Havre publicarían reclamos a cambio de algunos productos farmacéuticos puestos a disposición de sus redactores.

Después de un largo silencio, Marowsko preguntó si Juan estaba ya en posesión de su fortuna, y luego hizo dos o tres preguntas vagas sobre el mismo asunto. Su receloso cariño a Pedro se rebelaba contra esta preferencia, y el doctor creía oírle pensar, adivinaba, comprendía, leía en sus ojos distraídos, en el tono vacilante de su voz, las frases que acudían a sus labios y que no pronunciaba, ni pronunciaría, él tan prudente, tan tímido, tan cauteloso.


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