Pedro y Juan
Pedro y Juan —Fue el año cincuenta y ocho. Pedro tenÃa entonces tres años. Estoy segura de no equivocarme, porque fue el año que el niño tuvo la escarlatina, y Marechal, a quien conocÃamos aún muy poco, nos sirvió de mucho.
Roland exclamó:
—Es verdad, es verdad; se portó admirablemente. Como la madre no podÃa más de cansancio y yo estaba ocupado en la tienda, él iba a la botica a buscar los medicamentos. Era un gran corazón. Y cuando estuviste bueno, no te puedes figurar cómo se alegró y las fiestas que te hizo. Desde entonces nos hicimos Ãntimos amigos.
En el alma de Pedro penetró como una bala que todo lo destroza este pensamiento: «Pues si a mà me conoció antes, y se molestó por mÃ, y me querÃa y me besaba tanto, y yo fui la causa de su intimidad con mis padres, ¿por qué ha dejado toda su fortuna a mi hermano y a mà nada?».
No hizo más preguntas y permaneció sombrÃo, absorto más que pensativo, con una nueva inquietud no bien precisada, pero que era ya el germen de una nueva pena.
Salió temprano y empezó a vagar por las calles, que estaban envueltas en la niebla pesada, opaca y nauseabunda de la noche, que casi eclipsaba las luces del gas. El piso estaba resbaladizo, y de las casas, de los sótanos, de las cocinas, salÃa un olor desagradable.