Pedro y Juan

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Entonces murmuró a media voz como se habla en la pesadilla: «Es preciso saber, Dios mío, es preciso saber».

Llevaba más lejos sus investigaciones, extendiéndolas hasta la época en que sus padres vivían en París; pero entonces se desvanecían los rostros y se embrollaban sus recuerdos. Por más que hacía no lograba recordar a Marechal con sus cabellos rubios, castaños o negros; el último aspecto de aquel hombre, su aspecto de viejo, había borrado todos los otros. Recordaba, sin embargo, que era más delgado, que tenía la mano suave y que regalaba muchas flores, porque su padre repetía mil veces: «¿Más ramos? ¡Pero esto es una locura! Va Ud. a gastar su fortuna en flores».

Marechal contestaba: «Deje usted, tengo gusto en esto».

Y de repente surgió en su memoria la entonación de su madre, que decía sonriendo: «Gracias, amigo mío». Recordó estas palabras con tal precisión que creía estar oyéndolas. Luego debía de haberlas pronunciado muchas veces para que se grabaran tanto en la memoria de su hijo.



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