Pedro y Juan
Pedro y Juan Es decir, que Marechal, el hombre rico, el caballero, el cliente, llevaba flores a una tendera, a la mujer de un humilde platero. ¿La había amado? ¿Cómo si no se hubiera hecho amigo de aquellos modestos comerciantes? Era un hombre instruido y de inteligencia despejada. Muchas veces había hablado con Pedro de poetas y de poesía. Apreciaba a los escritores, no como artista, pero sí como aficionado que siente. El doctor había sonreído muchas veces con sus entusiasmos que creía un poco cándidos. A la sazón comprendía que era imposible que aquel hombre sentimental hubiera sido amigo de su padre, tan positivo, tan prosaico, para quien la palabra «poesía» significaba necedad.
Así, pues, Marechal, joven, libre, rico, dispuesto a todas las ternuras, entró un día por casualidad en una tienda y se fijó quizás en la linda tendera. Compró algo, volvió, habló cada vez más familiarmente, y pagando con frecuentes compras el derecho de sentarse en aquella casa, de sonreír a la mujer y dar la mano al marido.
Y después… después… ¡oh, Dios… mío! Después…