Pedro y Juan
Pedro y Juan Pero el cuerpo del doctor se aletargó apenas una o dos horas en la agitación de un sueño intranquilo. Cuando se despertó en la oscuridad de su cuarto caliente y cerrado sintió, aun antes de que su pensamiento se hubiera puesto en actividad, esa opresión dolorosa, ese malestar del alma que deja en nosotros el pesar con que nos hemos dormido. Parece que la desgracia, cuyo choque hemos sufrido la víspera, se ha deslizado durante nuestro sueño en nuestra misma carne, que lacera y fatiga como una fiebre. Le asaltaron súbitamente los siniestros pensamientos que le mortificaban al dormirse, y se sentó en la cama.
Volvió a repasar uno a uno todos los razonamientos que habían torturado su corazón en el muelle mientras sonaban las bocinas, y cuanto más pensaba menos dudaba, sintiéndose arrastrado por su lógica como por una mano inflexible.
Tenía sed, tenía calor y su corazón latía. Se levantó para abrir la ventana y respirar, y cuando estuvo en pie, percibió un rumor confuso a través del tabique.
Juan dormía tranquilo y roncaba. ¡Dormía! ¡No había presentido ni adivinado nada! Un hombre que había conocido a su madre le dejaba toda su fortuna, y él tomaba el dinero como la cosa más natural del mundo.
