Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Tanto peor, pasaría la noche en el puerto. La voz de las bocinas le gustaba. Se levantó y empezó a pasear como un oficial que hace su cuarto en el puente. Detrás del primero se acercaba otro barco, enorme y misterioso. Era un buque inglés que venía de la India.

Aún vio llegar varios que salían unos detrás de otros de la sombra impenetrable. Luego, como la humedad de la niebla se hacía insoportable, regresó a la ciudad. Tenía tanto frío, que entró en un café de marineros para beber un grog; y cuando el aguardiente caliente con pimienta le quemó el paladar y la garganta, sintió renacer en él de nuevo la esperanza.

¿Se había quizás engañado? ¡Reconocía su sinrazón vagamunda! ¿Se había engañado sin duda? Había acumulado las pruebas del mismo modo que se instruye una requisitoria contra un inocente, siempre fácil de condenar cuando se quiere creerle culpable. Después de dormir pensaría de otro modo. Volvió a su casa para acostarse, y a fuerza de voluntad acabó por dormirse.




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