Pedro y Juan

Pedro y Juan

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La marea estaba alta, y el vapor que contestó el primero estaba tan próximo que parecía hallarse en la boca del puerto.

Pedro se volvió y vio su luz roja, empañada por la niebla. Luego, entre la claridad difusa de las luces eléctricas del puerto, se dibujó entre los dos muelles una gran sombra. Detrás de él la voz del vigía, ronca, como de marino retirado, gritaba:

—¡Nombre del barco!

Y desde el puente la voz también ronca del piloto contestaba:

—Santa Lucía.

—¿País?

—Italia.

—¿Puerto?

—Nápoles.

Y Pedro creyó tener ante su vista el penacho de fuego del Vesubio, mientras al pie del volcán brillaban lucecitas en los bosques de naranjos de Sorrento y de Castellamare. ¡Cuántas veces había soñado con estos nombres que le eran tan familiares como si conociera los paisajes! ¡Oh! ¡Si pudiera partir en seguida, no importa dónde, y no volver nunca, ni escribir, ni hacer saber lo que había sido de él! Pero no, tenía que volver a la casa paterna y acostarse en su cama.


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