Pedro y Juan
Pedro y Juan ¡Había sido joven con todos los desfallecimientos poéticos propios de su edad! Encerrada en su tienda, al lado de un marido vulgar, que no sabía hablar más que de comercio, había soñado con hermosas noches de luna, viajes y besos cambiados en la sombra de la noche. Y un día había entrado un hombre como entran los galanes en los libros y había hablado como ellos.
¿Ella le había amado? ¿Por qué no? ¡Era su madre! sí… pero era preciso ser ciego y estúpido para negarse a la evidencia, porque se trataba de su madre.
¿Se había entregado?… Sí, puesto que aquel hombre no había tenido otra amiga; sí, porque había permanecido fiel a la mujer ausente y vieja; sí, puesto que había dejado toda su fortuna al hijo que creía suyo.
Y Pedro, temblando de furor se levantó con deseos de matar a alguien.
Su brazo extendido y su mano abierta deseaban golpear, herir, estrangular… ¿A quién? A todo el mundo, a su padre, a su hermano, al muerto, a su madre.
Se dispuso a volver a su casa. ¿Qué iba a hacer?
Cuando pasaba delante de una torrecilla, cerca del mástil de señales, el sonido estridente de la bocina le hirió en el rostro. Su sorpresa fue tan violenta que estuvo para caer y retrocedió hasta el parapeto de granito, y se sentó en él falto de fuerzas y quebrantado por la emoción.