Pedro y Juan

Pedro y Juan

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¡Ella había de engañar a su padre, ella!… ¡Su padre!… seguramente era un hombre honrado y probo en negocios, pero su inteligencia no había franqueado nunca el horizonte de su tienda. ¿Cómo aquella mujer que había sido muy linda —él lo sabía y aún se conocía—, dotada de un alma delicada, afectuosa, tierna, había aceptado por esposo un hombre tan diferente?

Estaba visto, se había casado como se casan todas las jóvenes con el hombre establecido que les presentan sus padres. Se habían instalado desde luego en su tienda de la calle Montmartre; y ella, reinando en el mostrador, animada por el espíritu del nuevo hogar, por ese sentimiento servil y sagrado del interés común que reemplaza al amor y hasta al afecto en la mayor parte de los matrimonios del comercio de París, se había puesto a trabajar con toda su inteligencia activa y perspicaz en la fortuna de la casa. Así había corrido su vida, uniforme, tranquila, honrada, sin amor…

¿Sin amor? ¿Era posible que una mujer no amase? Una mujer joven, bonita, viviendo en París, leyendo libros, aplaudiendo a las actrices que mueren de pasión en la escena, ¿podía llegar desde la adolescencia hasta la vejez sin que su corazón latiese? De otra no lo creería, ¿por qué lo había de creer de su madre?

Seguramente había podido amar como otra cualquiera. ¿Por qué había de ser diferente de las demás aunque fuese su madre?


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