Pedro y Juan

Pedro y Juan

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El dolor que le produjo esta idea fue tal que exhaló un gemido corto y ahogado. Y como si le hubiera escuchado, como si le hubiera comprendido y quisiera contestarle, la bocina del muelle resonó cerca de él. Su clamor de monstruo sobrenatural, más sonoro que el trueno, rugido salvaje y formidable como para dominar la voz del viento y de las olas, se extendió en las tinieblas sobre la mar invisible envuelta en brumas.

Entonces, a través de la oscuridad resonaron voces semejantes, unas más lejos y otras más cerca. Aquellos gemidos de los barcos que no veían dónde estaban eran aterradores.

Luego todo quedó en silencio.

Pedro abrió los ojos, y despierto de su pesadilla miró sorprendido de encontrarse allí.

«Estoy loco, pensaba, sospecho de mi madre». Y una ola de amor y de ternura, de arrepentimiento, de ruego y de desolación inundó su alma. ¡Su madre! ¿Podía sospechar de ella conociéndola como la conocía? ¿Acaso el alma y la vida de aquella mujer sencilla, casta y leal no eran más claras que el agua? Viéndola y conociéndola, ¿cómo no reconocer que era impecable? ¿Y era él, su hijo, quien sospechaba de ella? ¡Oh! si en aquel momento hubiera podido cogerla en sus brazos, ¡cómo la habría besado y acariciado!… ¡cómo hubiera caído de rodillas pidiendo perdón!…


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