Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—No es para mí. He pensado que era natural dárselo a Juan, que tendría gusto en conservarlo.

—Tienes razón: es una buena idea. Lo buscaré en cuanto me levante.

Pedro salió.

Era un día tranquilo, sin un soplo de viento. Las gentes que transitaban por la calle parecían alegres, los comerciantes iban a sus negocios, los empleados a sus oficinas y las jóvenes a sus almacenes.

En el vaporcito de Trouville entraban ya los pasajeros. Pedro se sentó en la popa en un banco de madera, preguntándose:

—¿Le ha inquietado que yo hable del retrato? ¿Le ha sorprendido? ¿Lo ha extraviado o lo ha escondido? ¿Sabe dónde está o no lo sabe? Si lo ha escondido, ¿por qué?

Y siguiendo el mismo orden de ideas, de deducción en deducción llegó a esta conclusión:

El retrato, de amigo o de amante, estuvo visible en la sala hasta el día en que la mujer o la madre descubrió la primera, antes que todo el mundo, que se parecía a su hijo. Sin duda, mucho tiempo antes espiaba esta semejanza; en cuanto la descubrió y la vio nacer, comprendiendo que alguien pudiera algún día fijarse en ella, cogió una noche la pintura acusadora y la escondió, no atreviéndose a destruirla.


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