Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—No lo sé. En todo caso no me esperéis.

Y la miraba con una curiosidad extática. ¡Aquella mujer era su madre! Todo aquel rostro visto desde la infancia, aquella sonrisa, aquella voz tan conocida, tan familiar, le parecían súbitamente cambiadas y diferentes de lo que habían sido hasta entonces. En aquel instante comprendió que aunque la amaba tanto, nunca la había mirado. Sin embargo, era ella, y él no desconocía ninguno de los detalles de su rostro, pero entonces los percibía claramente por primera vez. Su atención ansiosa, registrando aquella cabeza querida, se la mostraba con una fisonomía en que hasta entonces no se había fijado.

Se levantó para marchar, pero cediendo al invencible afán por saber que le dominaba desde la víspera, dijo:

—Oye, si mal no recuerdo, en París teníamos en la sala un pequeño retrato de Marechal.

—Sí —contestó la madre después de vacilar dos segundos.

—¿Y qué se ha hecho de él?

Mad. Roland vaciló de nuevo, o por lo menos Pedro creyó que vacilaba.

—Ese retrato… espera… no me acuerdo bien… quizás lo tendré en mi secretaire.

—Te agradecería que lo encontraras.

—Lo buscaré. ¿Para qué lo quieres?


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