Pedro y Juan
Pedro y Juan —Decirte buenos dÃas, porque voy a Trouville con unos amigos.
—Es que aún estoy en la cama.
—Bien, no te incomodes. Te abrazaré esta tarde al volver.
Y se alegró, pensando que podrÃa marchar sin verla, sin darla el falso beso que le repugnaba de antemano; pero ella respondió:
—Espera un momento. Te abriré y esperarás que me vuelva a acostar.
Oyó andar sus pies descalzos sobre el pavimento y el ruido del pasador que se descorrÃa.
—Entra.
Pedro entró. Su madre estaba sentada en la cama, y Roland, vuelto a la pared, dormÃa con un pañuelo de color atado a la cabeza. Nada le despertaba, hasta que le sacudÃan fuertemente por el brazo. Los dÃas de pesca, la criada, a quien el marinero PapagrÃs despertaba a la hora indicada, era la encargada de arrancar a su amo de su profundo sueño.
Pedro miraba fijamente a su madre, como si nunca la hubiera visto.
Ella le presentó las mejillas, donde Pedro la dio dos besos, y se sentó en una silla baja.
—¿Fue anoche cuando decidiste esta expedición?
—SÃ, anoche.
—¿Volverás a comer?