Pedro y Juan

Pedro y Juan

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La noche se le hizo larga. Las horas sonaban, una después de otra, en el reloj del comedor, cuyo timbre tenía un sonido profundo y grave, como si fuera una campana de catedral. Pero paseaba por su cuarto, desde la cama a la ventana. ¿Qué iba a hacer? Se sentía muy trastornado para pasar aquel día en familia. Quería estar solo, por lo menos, hasta el día siguiente, para reflexionar, tranquilizarse, fortificarse antes de consagrarse a la vida ordinaria que habría de emprender de nuevo.

Iría a Trouville a ver pasear la gente por la playa. Esto le distraería, torcería el rumbo de sus pensamientos y le daría tiempo para dominarse y meditar sobre su horrible descubrimiento.

Al amanecer, se lavó y se vistió. La niebla se había disipado y hacía un tiempo hermosísimo. Como el vapor de Trouville no salía hasta las nueve, el doctor pensó que tendría que besar a su madre antes de marchar.

Esperó la hora a que se levantaba todos los días y bajó. Su corazón latía con tal fuerza al llamar a la puerta, que se detuvo para respirar. Su mano puesta en el picaporte estaba débil y temblorosa, casi incapaz del ligero esfuerzo necesario para mover el botón y entrar. Llamó, y la voz de su madre preguntó:

—¿Quién es?

—Yo, Pedro.

—¿Qué quieres?


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