Pedro y Juan
Pedro y Juan Desde lejos parecía un gran jardín lleno de flores brillantes. Desde el muelle hasta las Rocas Negras, las sombrillas de todos colores, los sombreros de todas las formas y los vestidos de diversos matices, formando grupos delante de las casetas alineadas a la orilla del agua, parecían verdaderamente enormes ramos en una extensa pradera; y el rumor confuso, próximo o lejano de las voces de diversos timbres, los gritos de los niños que se bañaban, las risas de las mujeres, formaban una armonía continua y dulce que se aspiraba al mismo tiempo que la brisa.
Pedro paseaba en medio de aquellas gentes, más solo, más aislado, más sumido en su propio pensamiento que si lo hubiesen arrojado al mar desde el puente de un barco a cien leguas de la costa. Oía sus palabras sin escucharlas, y veía sin mirar los hombres que hablaban a las mujeres y las mujeres que sonreían a los hombres.
Pero de repente, como si despertara, los distinguió perfectamente, y entonces experimentó un sentimiento de odio contra ellos, porque los adivinó contentos y felices.