Pedro y Juan
Pedro y Juan Desde aquel momento anduvo alrededor de los grupos dominado por nuevos pensamientos. Todos aquellos trajes multicolores que cubrían la arena como un lindo ramillete, aquellas telas brillantes, aquellas vistosas sombrillas, la gracia ficticia de los talles aprisionados, las ingeniosas invenciones de la moda, desde el calzado diminuto hasta el sombrero extravagante, la seducción del gesto, de la voz y de la sonrisa, la coquetería, en una palabra, ostentada en la playa, le parecía una inmensa florescencia de la perversidad femenina. Todas aquellas mujeres engalanadas querían gustar, seducir, ofuscar a alguno. Se embellecían para los hombres, para todos los hombres, menos para el marido, a quien no necesitaban conquistar. Se embellecían para el amante de hoy y para el amante de mañana, para el desconocido, encontrado, buscado, quizás esperado.
Y aquellos hombres estaban sentados a su lado, mirándolas de hito en hito, hablándolas al oído, llamándolas, deseándolas, persiguiéndolas como una caza fácil de escapar, aunque pareciera lo contrario; aquella gran playa no era más que un mercado de amor donde las unas se vendían, las otras se entregaban, éstas regateaban sus caricias y aquéllas se ofrecían. Todas aquellas mujeres pensaban en lo mismo, ofrecer y hacer desear su carne, ya entregada, ya vendida, ya prometida a otros hombres. Y pensó que en todo el mundo sucedía lo mismo.