Pedro y Juan

Pedro y Juan

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¡Su madre había hecho lo que las otras y nada más! ¿Lo que las otras?… ¡No! Había excepciones y muchas, muchas. Las que allí veía, ricas, viciosas o cortesanas, pertenecían en suma a la galantería elegante y del gran mundo, o a la galantería tarifada, porque en aquellas playas no se veía el pueblo de las mujeres honradas que viven encerradas en sus casas.

La marea subía empujando poco a poco hacia la población las primeras filas de bañistas. Los grupos se levantaban y huían vivamente llevándose las sillas, ante la ola amarilla festonada de una línea de espuma. Las casetas de ruedas tiradas por un caballo se retiraban también, y en las galerías del paseo que se extiende de un lado a otro de la playa se establecían dos corrientes opuestas de personas elegantes que se apiñaban y se codeaban. Pedro, nervioso, exasperado por la concurrencia, huyó entrando en el pueblo, y se detuvo para almorzar en una tienda de vinos, a la entrada del campo.

Después de tomar café, se tendió en dos sillas delante de la puerta, y como la noche anterior no había dormido, se durmió a la sombra de un tilo.



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