Pedro y Juan
Pedro y Juan —Piensa que vivimos en un pueblo de comerciantes donde el buen gusto no es general.
Pedro contestó:
—¿Y qué importa?, ¿es esa razón para imitar a los tontos? Si mis compatriotas son estúpidos o malvados, ¿porqué he de imitar su ejemplo? Una mujer no ha de cometer una falta porque sus vecinas tengan amantes.
Juan se echó a reÃr.
—Tienes argumentos de comparación que parecen sacados de las máximas de un moralista.
Pedro no replicó. Su madre y su hermano siguieron hablando de tapices y sillones.
Él los miraba como habÃa mirado a su madre antes de marchar a Trouville, como un extraño que observa; y en efecto, creÃa haber entrado de repente en una familia desconocida.
Su padre, sobre todo… asombraba su mirada y su pensamiento. ¡Aquel hombre gordo, satisfecho y necio era su padre!… No, Juan no se le parecÃa en nada.