Pedro y Juan
Pedro y Juan ¡Su familia! HacÃa dos dÃas que una mano desconocida y malévola, la mano de un muerto, habÃa deshecho y roto todos los lazos que unÃan entre sà a aquellos cuatro seres. Todo habÃa concluido. Ya no tenÃa madre, porque no podÃa quererla, no pudiendo venerarla con ese respeto absoluto, tierno y piadoso que necesita el corazón de los hijos; no tenÃa hermano, porque éste era hijo de un extraño; no le quedaba más que su padre, aquel hombre gordo a quien no amaba a pesar suyo.
—Di, mamá, ¿has encontrado ese retrato? —preguntó de repente.
La madre abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué retrato?
—El de Marechal.
—No… es decir, sÃ… no lo he encontrado, pero creo saber dónde está.
—¿Quién? —preguntó Roland.
Pedro le dijo:
—Un retrato pequeño de Marechal que tenÃamos en la sala en ParÃs. He creÃdo que Juan se alegrarÃa de poseerlo.