Pedro y Juan
Pedro y Juan Sus siluetas se destacaban claras, parecían solas en medio del horizonte, y tenían en aquel ancho espacio de cielo, de mar y de rocas algo de grande y de simbólico.
Pedro también los miraba, y dejó escapar una risa estridente y seca.
La señora de Roland le dijo sin volverse:
—¿Qué tienes?
Él seguía riendo.
—Me estoy instruyendo. Aprendo cómo se prepara uno a ser cornudo.
La madre sintió un estremecimiento de cólera, herida por aquella palabra, y exasperada de lo que en aquel momento significaba.
—¿Por qué dices eso?
—¡Por Juan! Es muy cómico verlos así.
Ella murmuró en voz baja, temblando de emoción:
—¡Qué cruel eres! Esa mujer es la virtud misma. Tu hermano no podía hacer mejor elección.
Pedro volvió a reír con mucha más fuerza.
—¡La virtud misma!… Todas las mujeres son la virtud misma, y todos los maridos son cornudos…